Nos separan diez años, uno tras otro, siempre con Alberto y Ascen cuando paso por la catedral y por Nueva Torneo, donde desembocan las calles que llevan sus nombres. Quedan tres huérfanos, una ciudad, un país, rotos.
Hemos estado dando vueltas desde las ocho y media por la calle Don Remondo, en la que aconteció la barbarie, hasta que por fin nos han confirmado que Teresa Jiménez iba a llevar ese libro de firmas que tanto hemos esperado. Había ramos y coronas de flores, y la gente se persignaba al pasar. Desde lejos he sentido la opresión en el pecho, el frío denso que no requiere descripciones. Luego me he sentido pequeño entre tantas personas valientes, tantas víctimas con la frente bien alta y el gesto solemne.
Le he dado a Teresa estos poemas que aquí publico. Me ha estrechado la mano con una mirada que nunca había sentido en mis ojos. Es una gran persona. Se merece todo lo que la vida no le ha arrebatado.
Fruto del dolor
A Ascensión, Alberto, sus familiares (especialmente sus hijos), con todo el cariño de mi alma.
I
No fue el llanto que rompe después de la tragedia. La noche ya lloraba crudamente, se derramaba impotente contra el empedrado porque sabía lo inevitable.
La mañana, como la marea de un mar ebrio y abatido, abandonó al margen tres rosas que habían sido blancas. Horas sonámbulas mediaban entre el estruendo y el crujir del unánime corazón más de mil veces fulminado.
Nada cuesta imaginar el paseo, las rosas en la mano, el acecho chacal. Nada cuesta recordar el dolor que nunca se abrazó al olvido, ni las noches abismales donde se retuerce sin descanso el último instante de agonía.
Pero nadie puede ser quien esperaba, al abrigo de sueños inocentes, el regreso de unos padres bruscamente ausentes.
Nadie puede recordar todas las palabras de consuelo, las caricias recibidas y las ausentes, las buenas noches que faltaban al día siguiente.
Todos los años, cuando llega esta tristeza, me abate la certeza de no poder servir de aliento, haber sido feliz, seguir viviendo. Esos detalles, esas breves satisfacciones que nosotros malgastamos y ellos ya no tienen.
II
Aquí os arrancaron de las horas, aquí os congelaron para siempre unos viles carroñeros del infierno.
En esta calle apartada, silenciosa, en este fragmento de muros y puertas y ventanas, descansa vuestra memoria imperturbable.
Cuando las noches solitarias os visitan, ¿no os cuentan que os lloramos todavía, que nadie os ha olvidado? ¿No os cuentan que dos flores misteriosas crecen al amparo de la sombra en la esquina maldita donde os perdimos de vista?
Desde los adoquines impasibles os hago en las alturas, fuera de aquí, en un lugar donde la miseria, el odio, la violencia, el rencor y la locura ya no os tocan ni os alcanzan.
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