El Aleph Texto pequeñoTexto medianoTexto grande

A los dieciséis años, la rebeldía puede volverse incluso contra uno mismo. En mi caso se volvió contra mis creaciones. Con argumentos hábilmente construidos, indiscutibles y nada convincentes en el fondo, le daba largas a todo el que me proponía publicar. Era inseguridad, arrogancia y mucha sinceridad conmigo mismo. No le reprocho nada a quien tomó esa decisión, porque fue el mismo que la cambió y que, por ende, cambió mi vida.

Estaba en segundo de B.U.P. cuando supe por primera vez de una revista que estaban creando en la clase del fondo del pasillo. Todo surgió, si no recuerdo mal, un año antes, a partir de unas actividades organizadas con motivo del Día de Andalucía. Antonio Avilés Ramos, el profesor de lengua española, descubrió el potencial de algunos de sus alumnos, entre quienes se contaban, al menos, Rocío Muñoz Vergara, Carlos Díaz González y María Espejo López Pérez, sin duda tres grandes plumas. Las paredes del departamento de Lengua y Literatura estaban forradas con murales de ese año memorable. Antonio Avilés animó a esos chavales a seguir escribiendo, les dedicó tiempo y de alguna manera que desconozco, se fraguó la idea de una revista literaria donde recoger esas voces huérfanas de lectores.

Me costó trabajo unirme a ese movimiento. Pero ahí estaban Rocío Muñoz y nuestras interminables discusiones sobre la misión de un escritor, aderezadas por el Infinito, la Eternidad, el Conocimiento Absoluto y el existencialismo. También hubo cine, mucho cine, y supongo que en esa soledad oscura entendí que compartir era mejor que relegarse voluntariamente al olvido. Corría el año 97. Entregué algunos poemas, tímidamente. Gustaron pero no demasiado. La revista tenía colaboradores magníficos, gente mayor a la que todos admirábamos.

Durante dos años fue la revista literaria del Luca de Tena. Se notaba en el formato, en la portada, en las colaboraciones. No teníamos experiencia, pero no nos faltaban ganas. El número 2 fue un cambio cualitativo con respecto a los dos primeros. En primer lugar, una presentación más profesional, un formato que prefiguraba lo que la revista sería finalmente, y mucha más calidad en sus páginas, que compartíamos con firmas importantes. Creo que ese año aprendí a escribir. Quiero decir que por primera vez confié en mí mismo y sentí una felicidad especial al leerme, por supuesto siempre después de haber leído a mis compañeros. También fue el año en que Antonio Avilés descubrió mi literatura, y cuando comencé a colaborar activamente con la revista, corrigiendo los manuscritos que nos enviaban. Quizá entonces fue cuando Arturo Azpeitia Lamana se interesó realmente por el proyecto, aportando su sensatez y el duro trabajo de la maquetación. Todos teníamos la ilusión de hacer algo memorable en nombre de la cultura. Algunos con más ilusión que cinismo, pero al menos con un objetivo compartido.

El número 3 fue una ruptura. En primer lugar se consolidó el formato que permanecería en los números sucesivos. En segundo, y más importante, la revista se desvinculó del lugar que la vio nacer: el instituto Luca de Tena. En tercer lugar, pasó a ser una revista mayoritariamente literaria. Por último, fue el único año en que Rocío Muñoz no participó. Le dolía que la revista ya no fuera del Luca.

Los tres números posteriores fortalecieron el espíritu de la Buhaira, pero debilitaron al grupo original. Se fue mucha gente, como Carlos Díaz. También se fue Antonio, aunque él nunca lo supo. Ese profesor brillante que se reunía con nosotros para conversar sobre literatura y corregir nuestros textos con tanto cariño, fue sustituído por un directivo aséptico y ausente. Ya no nos reconocíamos entre nosotros.

El número 6 fue el último. Rocío y yo supimos que nuestro ciclo había terminado. Aguantamos hasta el final. El día de la presentación organizamos una lectura conjunta que jamás olvidaré ("Con diez cañones por banda, viento en popa, a toda vela..."). Días más tarde hablamos con Antonio, que casi pareció agradecer nuestra decisión. No fue un momento fácil. Toda una era se desvanecía como un fantasma, y las dudas, las sospechas, las rencillas, los cinismos y las ironías surgieron de golpe, a la vez, sin tregua.

Por suerte ya han caído en el olvido. No merece la pena, fueron años maravillosos, aprendimos, dimos y recibimos mucho. Demasiado. Tengo delante todos los números, que conservo con un cariño especial. Me pregunto, al mirarlos, si hubo número 7. Los años pasan a velocidad vertiginosa. Agradezco estos apoyos en forma de palabras, dedicatorias, ecos atenuados, sonrisas cifradas.




Buhaira nº 0



Buhaira nº 1Buhaira nº 2




Buhaira nº 3Buhaira nº 4




Buhaira nº 5Buhaira nº 6
Eduardo Martos Gómez, 03/DIC/2007 (en Personal)
Corregido por Eduardo Martos Gómez. Última revisión a las 17:53 del 11/SEP/2009
Comentarios (7)
Imprime el artículoEnvíaselo a un amigoEnvíalo a del.icio.usMenéalo en MenéameEnvíalo a FURLEnvíalo a DiggEnvíalo a RedditBusca en Technorati enlaces a este artículo