De los escritores, al morir, puede quedar una obra escrita (se sabe que algunos la han entregado a las llamas). Aparte de eso, queda lo mismo que de cualquier persona: biografías orales o escritas más o menos difusas (todas parciales), anécdotas que se pierden a las dos o tres generaciones, polvo que también se acaba perdiendo, y una completa indefensión ante futuras tergiversaciones, acaso porque al muerto dejan de importarle los asuntos de la vida.
Un energúmeno llamado Rubianes quiere estrenar una obra llamda "Lorca somos todos", jugando al cadáver exquisito con Lorca, como ya han hecho tantas veces. Ni la he visto ni la veré. Para empezar, me parece un insulto: yo no soy Lorca porque, como poeta, no le llego ni a la suela del zapato, y no sé en qué otra cosa podríamos coincidir. Segundo, tengo entendido que la obra no pretende rescatar al poeta, sino las circunstancias de su asesinato, lo cual no le hace honor. A Lorca hay que recordarlo vivo, no muerto. Hay que acudir a su verso sano de nervio refulgente, a su verso musical y taciturno, a su verso onírico, pero no al terrible episodio que lo arrancó de los latidos de su tierra. Por eso no veré la obra, porque pretende matar a Lorca, y Lorca no está muerto.
¿Qué derecho tiene nadie a desenterrar la memoria de los muertos en su propio beneficio? Debería existir una defensa contra los usurpadores. Los egipcios usaban diversas trampas, como
hongos letales, para proteger el sueño eterno de sus faraones. Lejos de establecer comparaciones imposibles, como neciamente hace Rubianes, intuyo que la palabra, nuestra única defensa contra la manipulación, es lo que hizo inmortal a Lorca. Retomemos, pues, la palabra de Lorca; conversemos íntimamente con su espíritu, presente en cada verso; anulemos el tiempo y la muerte corporal... y Lorca, que sólo es Lorca, estará entre nosotros nuevamente.
Alma ausente
No te conoce el toro ni la higuera,
ni caballos ni hormigas de tu casa.
No te conoce el niño ni la tarde
porque te has muerto para siempre.
No te conoce el lomo de la piedra,
ni el raso negro donde te destrozas.
No te conoce tu recuerdo mudo
porque te has muerto para siempre.
El otoño vendrá con caracolas,
uva de niebla y monjes agrupados,
pero nadie querrá mirar tus ojos
porque te has muerto para siempre.
Porque te has muerto para siempre,
como todos los muertos de la Tierra,
como todos los muertos que se olvidan
en un montón de perros apagados.
No te conoce nadie. No. Pero yo te canto.
Yo canto para luego tu perfil y tu gracia.
La madurez insigne de tu conocimiento.
Tu apetencia de muerte y el gusto de tu boca.
La tristeza que tuvo tu valiente alegría.
Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace,
un andaluz tan claro, tan rico de aventura.
Yo canto su elegancia con palabras que gimen
y recuerdo una brisa triste por los olivos.