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El Arte no es más que un vehículo de transmisión de emociones. Desde esta perspectiva, un artista es la persona capaz de transmitir a los espectadores las mismas sensaciones que él experimenta con su obra. Estoy completamente convencido de que actualmente no somos capaces de lograrlo, de que no sabemos pulsar las teclas adecuadas para provocar emociones precisas.

Nuestro Arte es rudimentario e imperfecto. Incluso es posible que ni siquiera podamos llamarlo Arte.
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Si el sueño es la herramienta del hombre para vivir situaciones futuras y desconocidas, el Arte es el sueño para la Humanidad.
Eduardo Martos Gómez, 28/AGO/2008 (en Pensamientos de más allá de medianoche)
Corregido por Eduardo Martos Gómez. Última revisión a las 21:49 del 28/AGO/2008
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La programación orientada a objetos es un paradigma que intenta trasladar nuestra forma de entender la realidad al mundo de los bits. Intentaré aclarar los conceptos fundamentales para los profanos.

Una clase es una entidad abstracta descrita por un conjunto de atributos y un conjunto de métodos que interactúan con los atributos. No obstante obviaremos los métodos por no ser de interés en esta exposición. Para un filósofo, una clase es un arquetipo. Por ejemplo una silla, que podríamos definir con los siguientes atributos: número de patas, material de construcción y altura. Al ser una entidad abstracta, pueden tomar cualquier valor.

Un objeto es una particularización o concreción de una clase. Siguiendo con el ejemplo anterior, una silla de cuatro patas, metálica y de 120 centímetros de altura. Se trata de una silla determinada que incluso se puede imaginar.

¿Qué relación tienen estos conceptos con el arte? Aparentemente ninguna, pero si aplicamos este paradigma a una obra de arte, todo adquiere sentido. Tomemos un libro concreto, por ejemplo el Poema de Gilgamesh. Los atributos de una clase pueden tener valores por defecto (en lo que se conoce como proceso de construcción). Pues bien, nuestro libro es una clase con algunos atributos inicializados: título (Poema de Gilgamesh), autor (anónimo), encuadernación (pasta dura, gris oscura), número de páginas (182), etc.; y otros atributos no inicializados: sensaciones, remembranzas, referencias mentales, etc. Con cada lectura del libro se crea un objeto que completa estos atributos no inicializados. Cada lector posee en su memoria, al menos, un objeto del libro. De hecho, cada lectura puede alterar los atributos de dicho objeto, o incluso generar nuevos objetos. Aunque resulte complicado, es posible distinguir entre distintas lecturas en el tiempo de un mismo libro. Por ejemplo, recuerdo haber leído El hacedor de Borges por primera vez, hace muchos años, sin entender (por mi torpeza o porque el asombro me eclipsaba) que el protagonista es Homero. La sensación que el libro me provocó entonces, y que conservo todavía, es distinta de la sensación que me quedó tras su última lectura. Poseo al menos dos objetos plausibles de ese libro.

Lo más inusual de la programación orientada a objetos, y por tanto de su aplicación a las obras de arte, es el hecho de que un objeto no tiene por qué tener una representación física. Puede ser, como es el caso, un pensamiento o un conjunto de pensamientos, sensaciones y recuerdos.

Esta visión del arte explica con mucha más precisión lo que hace tiempo intentaba decir en el primer artículo de este blog. La idea es muy simple: Cada lector tiene una copia personalizada de un libro; cada espectador, de una película; cada oyente, de una canción... El Arte sucede en el momento preciso en que se crea esa representación individualizada y única en nuestra mente, en el momento en que hacemos nuestra la obra y le damos sentido (nuestro sentido) a sus más nimios detalles.

Ignoro si la mente funciona de esta manera o sólo estoy intentando fusionar dos campos que me apasionan, como son la literatura y la informática. Pero si hay algo de verdad en este razonamiento, acaso no sea del todo improbable la infinita complejidad de la que conversamos. La clase, el arquetipo de este artículo, originará múltiples objetos, y éstos, a su vez, gravitarán en la mente de otro alguien como recuerdo, como sensación, como embrión de una nueva reflexión, dando lugar a nuevas clases, a nuevos objetos, al fractal...

¿Es el Arte una conexión, como sugirió Borges?
El sabor de la manzana (declara Berkeley) está en el contacto de la fruta con el paladar, no en la fruta misma; análogamente (diría yo) la poesía está en el comercio del poema con el lector, no en la serie de símbolos que registran las páginas de un libro. Lo esencial es el hecho estético, el thrill, la modificación física que suscita cada lectura.
¿O acaso una obra aislada del contacto con seres racionales podría contener todas las posibles interpretaciones, todas las sensaciones, todos los lugares evocados que provocaría de ser hallada? ¿Necesita el Arte al lector, al espectador, al oyente, o es en sí mismo, para sí mismo?

Esta tarde he comentado con mi padre una idea que me ha estado rondando últimamente. Se trata de la inexactitud implícita en la música. Para entenderlo mejor, estableceré comparaciones con la literatura.

Un libro puede tener infinitas interpretaciones (tantas como lectores), pero la obra está completa, ejecutada, en el momento de ser escrita. La música, al oírla, también puede tener un número ilimitado de interpretaciones, pero no está ejecutada en la partitura. Se ejecuta cada vez que los músicos la interpretan. De esta forma, cada interpretación de los músicos dará lugar a diversas interpretaciones del auditorio, y podría afirmarse que no es posible ejecutar dos veces la misma pieza.

Hay en la música, por tanto, algo de efímero, de incontenible, de fuga constante. No se puede apresar la música ni siquiera grabándola, pues el sonido es algo tan complejo y delicado que la diferencia entre la música en directo y las grabaciones puede ser abismal.

Podríamos concluir que la música es superior a la literatura en el aspecto interpretativo si no fuera porque los libros pueden ser recitados. Pero en este caso, música y literatura se aproximan y sus límites se difuminan, lo cual impide zanjar la cuestión de una manera racional.

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