El Aleph Texto pequeñoTexto medianoTexto grande
He descubierto un laberinto literario donde da gusto perderse de vez en cuando. Argonáuticas. Como todo lo interesante, tiene líneas de mi agrado y otras más o menos prescindibles. No me extrañaría que su autor esté de acuerdo con éstas:
Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas paginas válidas, pero esas paginas no me pueden salvar, quizá porque to bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición.
Borges, Borges y yo.
Que lo disfrutéis.

¿Qué sucederá cuando muera el autor de un blog personal? Nadie volverá a publicar una entrada. Nadie se encargará de mantenerlo. Los comentaristas dejarán de visitarlo paulatinamente. El tiempo irá dejando atrás las entradas, que empezarán pareciendo antiguas, y luego viejas, gastadas, erosionadas. Ecos de voces pasadas resonarán en los huecos resquicios de sus páginas. En algún momento se convertirá en un museo, o simplemente desaparecerá tras un sordo quejido de palabras derrumbándose. Lo que un día fue un blog habrá dejado de tener sentido, y ya será otra cosa que todavía ni siquiera intuímos.
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Los escritores, como tales, son la obra que legan. El resto es un individuo tan peculiar como cualquiera. No obstante, a veces me invade una irracional curiosidad por conocer a la persona detrás del escritor. No tienen por qué ocultar nada especial, pero no dejan de fascinarme sus personalidades en constante eclipse. De muchos tenemos biografías y autobiografías, que son literatura, invención, pose intelectual. Por suerte, de algunos quedan entrevistas, un género más cercano a lo que llamamos realidad. En la entrevista, el escritor queda comprometido con el instante, la reflexión fugaz, la conversación. Por eso se muestran (salvo excepciones) más tangibles y sinceros.

Algo parecido pasa con los blogs. Sin embargo, en ellos no existe la obligación de lo instantáneo. Es una conversación (con los comentaristas, con otros blogs) que se desarrolla en distintos tiempos. A primera vista, la pose, la artificialidad, parecen inevitables. Pero el hábito va condenando el amaneramiento, y al final sólo queda la voz del autor. Claro que, en tal caso, cualquiera con algo interesante que aportar cobra importancia, y no únicamente los escritores.

Yo he ido pensando este artículo por escrito, convencido de lo que dice, y sin embargo, al releerlo (y ahora, al transcribirlo), detecto cierta artificialidad. Supongo que nada es absoluto, que el estilo escrito siempre está viciado de sí mismo, aunque sea mínimamente. Y es ahora, ya sin alternativas argumentales, habiéndome rebatido a mí mismo, cuando descubro la clave. Lo importante no es la forma, sino el contenido, el tema. Ni un relato, ni un ensayo, ni siquiera un artículo de opinión, admitirían semejantes circunloquios. Un escritor nunca había tenido tan buena oportunidad de perder el tiempo.
Eduardo Martos Gómez, 13/SEP/2006 (en Reflexiones)
Corregido por Eduardo Martos Gómez. Última revisión a las 18:38 del 07/NOV/2006
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