El Aleph Texto pequeñoTexto medianoTexto grande
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Hoy me he unido al Club de Escritores Libres, una iniciativa que pretende promocionar obras autoeditadas con la sinergia de las redes sociales. Espero enriquecerme con los consejos, recomendaciones y críticas de sus miembros. Y espero, también, que mis colaboraciones contribuyan a enriquecerlos a ellos, aunque sea mínimamente.

Nunca he leído un libro de Umbral y no sé si lo haré algún día. Conozco muy poco de su persona, acaso porque me interesan más sus líneas que sus pulsos vitales. Pero es curioso que uno empiece a conocer mejor a ciertas personas cuando se han muerto.

Sin embargo, he leído artículos de Paco Umbral, breves piezas de arte efímero pero duro, intenso y severo. Me hubiera gustado leerlo más en vida, pero El Mundo siempre ha ocultado a sus columnistas en la edición digital, y el papel nos separaba más que las épocas.

Recuerdo su trifulca con Pérez-Reverte, que lo sacó de esa imagen acartonada y recia que muchos teníamos de él, que lo mostró como persona viva y sujeta a las trivialidades del mundo.

También recuerdo su columna, las pocas veces que la vi, al fondo del periódico, solitaria y hosca como su autor, gritándole a la vida las cuarenta que tan bien se sabía, viejo zorro.

Esperemos que, de haber otra vida, le hayan reservado una Olivetti y una bufanda.
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Hace tiempo publiqué un libro junto con algunos amigos y conocidos. Entre ellos estaba Carla Neuman Santiago, de quien nunca volví a saber nada.

Hoy he abierto ese libro por el primer poema de Carla, Un paisaje. Si me lees, discúlpame por tomarme la libertad de reeditarlo aquí. Pero creo que algo tan sencillamente profundo no debe quedar relegado a las caprichosas páginas de un libro que muy pocos leerán.
Un paisaje

Bajo el sollozo de un riachuelo,
pájaros de bellos plumajes
cantan con amargura,
cantan para los árboles.
El paisaje es la risa.
El agua está sola,
agua de nieve,
agua de escarcha
agua del río
que siempre vuelve.
Esa belleza armoniosa, casi de haiku, me ha dejado mudo hace un rato. Por aquel entonces, Carla no tendría más de 16 años. Tal vez por eso fue capaz de hablar con una voz tan pura. Espero que los años y los azares no hayan mudado ese pulso vital que originó poemas como éste. Espero que el agua de ese río vuelva verdaderamente.
Ser Tolkien ya era algo valioso por el mundo que creó (¡tan vivo, tan distinto y real, tan exótico!). Ahora, ser Tolkien es algo, si cabe, aún más hermoso. Su hijo, Christopher Tolkien, va a terminar de escribir Los Hijos de Húrin, una obra que el padre dejó inconclusa.

Una de mis preocupaciones como escritor es que dejaré obras sin terminar. Saber que tus hijos pueden asumir la tarea de terminarlas, y que acaso sus hijos también hallen grata esa tarea, es un hecho infinitamente más hermoso que la obra que pueda resultar.
Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan —no lo saben, lo terrible es que no lo saben—, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda a un reloj (Julio Cortázar).


Es de agradecer que los anuncios recurran a la literatura, y más aún si lo hacen con la voz del autor.
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