Los escritores, como tales, son la obra que legan. El resto es un individuo tan peculiar como cualquiera. No obstante, a veces me invade una irracional curiosidad por conocer a la persona detrás del escritor. No tienen por qué ocultar nada especial, pero no dejan de fascinarme sus personalidades en constante eclipse. De muchos tenemos biografías y autobiografías, que son literatura, invención, pose intelectual. Por suerte, de algunos quedan entrevistas, un género más cercano a lo que llamamos realidad. En la entrevista, el escritor queda comprometido con el instante, la reflexión fugaz, la conversación. Por eso se muestran (salvo excepciones) más tangibles y sinceros.
Algo parecido pasa con los blogs. Sin embargo, en ellos no existe la obligación de lo instantáneo. Es una conversación (con los comentaristas, con otros blogs) que se desarrolla en distintos tiempos. A primera vista, la pose, la artificialidad, parecen inevitables. Pero el hábito va condenando el amaneramiento, y al final sólo queda la voz del autor. Claro que, en tal caso, cualquiera con algo interesante que aportar cobra importancia, y no únicamente los escritores.
Yo he ido pensando este artículo por escrito, convencido de lo que dice, y sin embargo, al releerlo (y ahora, al transcribirlo), detecto cierta artificialidad. Supongo que nada es absoluto, que el estilo escrito siempre está viciado de sí mismo, aunque sea mínimamente. Y es ahora, ya sin alternativas argumentales, habiéndome rebatido a mí mismo, cuando descubro la clave. Lo importante no es la forma, sino el contenido, el tema. Ni un relato, ni un ensayo, ni siquiera un artículo de opinión, admitirían semejantes circunloquios. Un escritor nunca había tenido tan buena oportunidad de perder el tiempo. |