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Los llamaban científicos caídos. Eran personas dedicadas incesantemente a la búsqueda de una solución para la terrible amenaza que se cernía sobre la humanidad. No dormían y apenas comían, pues el tiempo era muy escaso.

La chica encontró a un científico yaciendo en el duro suelo. El amor había sido sustituído por la supervivencia; pero ella no pudo evitarlo: sintió algo por ese joven desconocido. Recordó fugaces épocas de prosperidad que no había vivido; atardeceres rojizos que acaso nadie volvería a contemplar; océanos y campos y vida. Sintió nostalgia y una extraña miel en la lengua. Sin saber por qué, besó al joven científico. Al sentir ese amable gesto en su cuerpo maltratado, su mente reaccionó por primera vez en muchos años: se había olvidado de la vida, de los sentimientos, por una humanidad que no lo merecía. La ciencia les hubiera proporcionado un camino hacia la perfección, y ahora la usaban como una vil herramienta desesperada.

Tal vez a partir de entonces los científicos retomaron los pocos placeres que aún quedaban. Tal vez la amenaza desapareció de forma misteriosa.





Pertenece a la serie Breves relatos fantásticos.

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Ser Tolkien ya era algo valioso por el mundo que creó (¡tan vivo, tan distinto y real, tan exótico!). Ahora, ser Tolkien es algo, si cabe, aún más hermoso. Su hijo, Christopher Tolkien, va a terminar de escribir Los Hijos de Húrin, una obra que el padre dejó inconclusa.

Una de mis preocupaciones como escritor es que dejaré obras sin terminar. Saber que tus hijos pueden asumir la tarea de terminarlas, y que acaso sus hijos también hallen grata esa tarea, es un hecho infinitamente más hermoso que la obra que pueda resultar.
Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan —no lo saben, lo terrible es que no lo saben—, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda a un reloj (Julio Cortázar).


Es de agradecer que los anuncios recurran a la literatura, y más aún si lo hacen con la voz del autor.
Debí haber pasado más tiempo en la taberna. Ahora, detalles impactantes me acusan de mal observador. El humo yaciendo entre los cuerpos, el reflejo de las pétreas caras en el cristal nocturno, la indiferencia que emana de todo...

No tendré recompensa por mis olvidos, y veré pasar esta noche como una ilusión quebrada. El pesado ambiente de tiniebla, de gris abandono, empieza a pesar y a asfixiarme lentamente. Sin darme cuenta, ya no hay nadie alrededor. Las luces, apagadas, iluminan con voz de luna. Hay polvo sobre la barra, sobre las mesas, sobre las gárgolas... Todo está inmóvil, todo calla.

Veo abrirse unos ojos en el ángulo oscuro del fondo.


NOTA. Escrito justo antes de la entrega de premios. No gané ninguno, pero he encontrado el relato vencedor.
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Eduardo Martos Gómez, 12/FEB/2007 (en Prosas)
Corregido por Eduardo Martos Gómez. Última revisión a las 21:27 del 22/FEB/2007
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Pasar bruscamente del sol de la tarde estival a la sombra del bar, uno como tantos otros, pero en seguida siente el peso de las paredes de bloques de piedra desnuda, de las armas medievales, las gárgolas, los lienzos de pesadilla, las grotescas figuras de tamaño natural. Por un momento supone que podría no ser sólo decoración. El propio nombre del lugar es diferente. Primero, taberna. En Sevilla, las tabernas o tascas suelen ser bares viejos para viejos. No obstante, a él le suena quijotesca, desligada de su época o de su entorno. La Taberna del Dragón Verde, piensa mientras se acerca pausadamente a la barra. Pero hay algo más, algo que no está escrito en ninguna parte y se sale de ese ámbito. Sorprendentemente tienen Legendario. La camarera, una chica normal que mira los vasos como si quisiera coleccionarlos, se lo sirve mientras canta Dream a little dream of me, de Armstrong y Fitzgerald (o eso le ha dicho siempre la mula). Beberse el cubata y observarla hacer, estudiar sus movimientos y, de fondo, las diferencias de las botellas con los cambios de luz. Dejar que el tiempo pase y que el hielo se derrita casi por desidia, alcanzar el último buche y pagarle a la camarera, que sonríe automáticamente, salir a la calle, a la luz hirviente y brusca.

El viaje en metro, en la perpetua noche subterránea, lleno de pesadillas anónimas, de seres que quizá nunca se dejan ver de día, es una suerte de continuación del ambiente apenas deshilachado de la taberna, y al notarlo siente la necesidad de permanecer en ella más tiempo. Pero es tarde y está cansado.

Se despierta sin ver la hora pero con la impresión abrupta de la madrugada, que le infunde la idea de no estar en casa. Se pasea por las habitaciones distraído, ajeno, como si no supiera lo que va a encontrar. En el salón hay un cuadro que no reconoce, quizá por lo tarde que es. Representa un paisaje descarnado, violento, cargado de abruptas rocas y nubes azules contra un cielo sanguíneo. Al fondo, en la tiniebla, hay una montaña o un castillo (en cualquier caso es una figura ciclópea). Un sendero tenebroso, levemente iluminado por una luz mortecina, corta la escena y se pierde en la lejanía. Un pavor informe va creciendo en su interior parelelo a una poderosa curiosidad hacia el cuadro. Se siente vigilado, como si algo detrás... Y al girarse ya no ve el salón, sino ese paisaje infernal y en completo silencio, no ve el salón, está en el cuadro, dentro del cuadro, y el miedo sigue detrás. Intenta volver, salir, regresar... de una pesadilla pegajosa. Minutos después de haber despertado, el miedo sigue ahí como una invasión, y acercarse al salón medio sonámbulo para asegurarse de que el cuadro no está, y en efecto no está, pero sí un resquicio de miedo, de sombras que a ratos (de fotógrafo, de dibujante) podrían ser interesantes pero que ahora...

Días después (porque siempre el trabajo, las obligaciones, y a ratos le gustaría desaparecer de su mundo, o que su mundo se redujera a su casa y a sus aficiones) vuelve a la taberna. Una vez más, la sombra lo golpea sin transición, y entra cegado pero satisfecho por ese hábito recién adquirido. Empieza a sentise cómodo entre la barra y las mesas. A veces, mientras observa con atención los movimientos de los camareros, la habilidad de mover vasos y botellas como almohadas de plumas, deja de sentirse él mismo, deja momentáneamente de ser, y se sorprende aprendiendo, inmóvil, el oficio de camarero. Porque al fin y al cabo, se pregunta borrosamente, ¿qué es el ser? ¿Es algo que llevamos dentro o son las cosas que nos rodean? ¿Uno sigue siendo el mismo si pierde sus cosas, aquello en lo que ha depositado su cariño, su esperanza, su nostalgia embrionaria? ¿Un cangrejo ermitaño es el mismo en cualquier caparazón? ¿Hace las mismas cosas, teme los mismos peligros? ¿Y nosotros, acaso nos diferenciamos esencialmente de los ermitaños? Mientras divagaba, sus manos han ido mecánicamente hacia los vasos de otras mesas vacías, y los ha llevado a la barra sin esperar siquiera un tímido agradecimiento. Y recostarse sobre la quietud inmutable, respirar el silencio casi ritual, adormecerse mientras el vaso se le vacía sin término aparente.

De camino a casa (siempre de noche, siempre iluminado artificialmente), siente el peso de una ausencia que no identifica. El recuerdo de la taberna (pero no es un recuerdo, es un estado) sigue casi intacto, como si el tiempo y la distancia no fueran intervalos, sino extensiones de su casa a la taberna, de la taberna a su casa. Extensiones que se le hacen tortuosas y que a ratos le recuerdan el sendero del cuadro soñado. Mentalmente repasa los hábitos de la hostelería, las pequeñas tareas, el lugar donde se guardan las propinas. Hace un momento le han preguntado cómo se llega a la taberna (literalmente le han preguntado por la Taberna del Dragón Verde, pero para él ya no es necesario especificar), y ha respondido con indicaciones exhaustivas, añadiendo, por su cuenta, el horario y el día de descanso.

Su casa no es menos solitaria que los viajes en metro, no es menos solitaria que su vida y está llena de nada. No hay papeles ni libros tirados por ahí, no hay desorden aparente pero sí una incierta sensación de inestabilidad, como ese ruido que inunda el silencio absoluto, un ruido mudo que estuviera a punto de romperlo todo y de traer el verdadero desorden. Su casa, en gran parte de un marrón gastado, de muebles de aglomerado, parece algo que no es.

Alguien está hablando de una pesadilla que ha tenido. Salir de su aislamiento, luchar en desigualdad contra ese placer de lo inmóvil, surcar penosamente la distancia que lo separa del ruido, volver. No logra averiguar quién es porque hay mucha gente. Dice que hay un camino interminable, un cielo aterrador y algo que se acerca y lo llama y da miedo. En ese punto, la voz se va atenuando hasta que se corta de pronto. Ha salido, ¿pero por qué puerta? Hay dos, una enfrente de otra, y en ese momento sale más gente. Imposible seguir a esa persona que tal vez ha soñado lo mismo. O tal vez es una obsesión provocada por la falta de sueño y demasiado trabajo y el ambiente de la taberna. Tal vez sólo estaba hablando de una película o de una parcela de fin de semana. Pero entonces recuerda haber leído algo en un blog. Al cabo del día uno lee tantas cosas que olvida la mayoría o no les da importancia. Era la narración de un sueño donde el paisaje estaba vivo. Un paisaje primitivo, escarpado. Al fondo, en una lejanía inconcebible, había una figura descomunal, también viva, que se acercaba y llamaba al protagonista del sueño, infundiéndole un terror sobrenatural. También recuerda los comentarios. Varias personas decían compartir el mismo sueño, pero sobre todo el miedo, que duraba minutos e incluso horas tras haber despertado.

Vuelve a casa con unos tíos raros que lo miran cuando creen que está distraído. Son tantos los viajes de ida y vuelta entre casa y taberna, tan cómoda la rutina. El inextricable pasadizo siempre en sombras le recuerda el cuadro, esa otra noche desgarrada. Siente que el metro no es más que una extensión entre dos puntos distantes, una extensión que se deforma lentamente y que va generando el silencio. Justo antes de bajarse cree ver algo al fondo del túnel. Al entrar no enciende la luz del salón, sino la de la lamparita, y se tumba en el sofá con un whisky que casi podría haber aparecido en su mano sin el trámite de sacar el vaso, la botella, el hielo, y verter el líquido en su justa medida. No, todo eso es automático, al igual que meter el billete de metro en el torno, lavarse la cara por la mañana. Son actos que uno hace normalmente y que la memoria no retiene. Fijarte en las paredes, que nunca le habían resultado tan frías a la vista, frías por duras y por ese color grisáceo casi de piedra, pero rara vez enciende la luz de la mesita, y sonreír para adentro recordando ese tratado sobre la personalidad de las luces y sus variados efectos sobre los objetos cotidianos. Va a la cocina y empieza a preparar la cena. Presiente que no lo hace para él, que sencillamente la prepara y que alguien se la comerá, sin importar que no sea él. Vuelve al salón y se sienta en el sofá mientras se calienta el horno. No ha reparado en el cuadro que cuelga sobre la pared, o que más bien gravita sobre la materia como un espectro. Cuando lo ve, cuando toma conciencia del cuadro en la pared, el miedo lo va invadiendo como algo primordial. Pero esta vez hay algo distinto. La figura del fondo tiene ojos, unos profundos ojos verdes de reptil que inexplicablemente lo miran desde atrás, como si estuvieran en el salón y no en el cuadro, como si el propio salón... Y entonces despierta y casi no necesita abrir los ojos ni mirar atrás para saber que el cuadro está en la pared, que el miedo no se ha ido sino que crece y se acerca pesadamente desde una lejanía infinita. Y luchar contra esa fuerza sabiéndose impotente, retorcerse brutalmente una y otra vez sin esperanza de vencer o de perdurar siquiera, recordar que otras veces, en el pasado y ante otras situaciones, se ha ido aflojando como si en ello no le fuera nada, se ha ido abandonando, rindiendo, dejando pasar, y ahora no debería ser distinto, las piernas flojas, la voluntad ausente, la fuerza que lo vence y lo arrolla. Los segundos le golpean la espalda con insistencia... uno... detrás... de otro, y en su imaginación van surgiendo formas grotescas que en el fondo (él lo sabe), son insignificantes para lo que viene desde el cuadro, por detrás. Esperar no es una opción, moverse tampoco, ni encerrarse en sí mismo porque al final llegará, estará justo detrás imponiendo su presencia inconcebible. Entonces siente esa antigüedad que se cuela por sus venas como sangre contaminada y lo colapsa interiormente. Es algo remoto en el tiempo y acaso en el espacio, pero sobre todo en el tiempo, algo consciente pero no alguien, no un ser de este mundo (y al pensarla, siente la necesidad de esa idea). Es algo que viene desde lejos. En ese preciso instante suena el timbre del horno y todo se desvanece de golpe al regresar bruscamente del sueño, con el sonido todavía fresco de algo moviéndose al final del pasillo, donde no llega la luz.

Su casa, el metro, la taberna, el metro, su casa, la noche, el metro... Imposible sortear ese bucle, salir de él, plantearse salir de él. Las paredes de casa empiezan a parecerle demasiado rugosas y cada vez más grisáceas. Pero la luz siempre tenue porque está muy cansado. La luz directa le molesta, ya casi no sale de día. La constante penumbra hace que todo parezca distinto. Como si hubiera bultos que antes no estaban. Como si la mesa hubiera dejado de ser una mesa. Y todo, a la vez, tan lejano, tan inalcanzable, como si tuviera que recorrer una distancia insondable para llegar a ellas. Y como si ellas se alejaran cada vez más.

La taberna. Los de siempre. El tedio reflejado en todas partes. Lo pegajoso de las tardes lentas, las palabras a medias, la pereza. Podría decir que tiene controlado cada milímetro del local, salvo que hoy han colgado un cuadro nuevo. Se acerca para verlo. Le recuerda demasiado al de sus pesadillas, sólo que más definido. En efecto, parece distinguir algo de manera nítida. Es una figura, un monstruo enorme y pretérito, un dragón. Un dragón verde. La frase le queda colgando y comienza a pesar con gravedad infinita. No es el dragón de las leyendas y los cuentos. Es un ser indefinido, grotesco y terrible. Sus rasgos son de otro mundo, de alguna dimensión enferma y corrupta. Sabe que lo teme pero no por qué. También sabe que el cuadro no es otro. Algo suena en el almacén, donde no hay nadie. Un sonido pegajoso y torpe. Trabajosamente vence la parálisis que ya lo estaba invadiendo (porque se mueve, se acerca, está vivo) y sale sin mirar atrás. Llega al metro asfixiado y mecánicamente se dirige a casa en ese universo reducido a un par de sitios conocidos, a un par de extremos conectados por la sombra. Llega corriendo, entra en el salón y ve, demasiado aturdido para sorprenderse, el cuadro colgado en la pared. Estoy loco, se oye decir a sí mismo. Es el mismo marco (y de alguna manera el mismo cuadro de los sueños), pero ahí no está el paisaje abrupto, sino el salón de su casa. Lo ve lejos, muy lejos, al fondo de un sendero infinito. Alguien pasa por su lado como a cámara lenta, y sin mirarlo se coloca frente al cuadro con gesto de satisfacción o de lo que se ha esperado largo tiempo. En ese momento retrocede y choca con algo que no debería estar ahí. Se vuelve y tira un vaso que estaba sobre la barra y se rompe contra el suelo. Los habituales de la taberna empiezan a entrar, se acomodan en las mesas, entre las gárgolas, las copas, las tazas, el servicio de señoras y caballeros, todo tan familiar y de golpe tan ajeno. Hay una voz que le suena conocida (y ahora, además, vacía, ausente, desnuda, sin ser esa voz). Es la chica que había tenido la pesadilla. Su pesadilla. Ya sin saber, arrebatado de sí mismo, se agacha y empieza a recoger los cristales. Siente que ya está dentro, en todas partes. Siente que romperá el silencio de un momento a otro. Por última vez mira su salón, su antigua coraza de ermitaño. La prioridad, ahora que todo está hecho, ahora que ha llegado, es atender a los invitados, que llevan tanto tiempo esperando.
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Eduardo Martos Gómez, 10/FEB/2007 (en Relatos)
Corregido por Eduardo Martos Gómez. Última revisión a las 21:29 del 22/FEB/2007
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