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Han sido largos meses de trabajo, ilusión e incluso algunas discusiones, pero por fin está publicado. Los gestos del suicida es el primer libro de una colección de libros de carácter solidario bajo el título común de Cuentos solidarios. La idea es muy sencilla: el libro se vende a un precio asequible y las ganancias se destinan íntegramente a una ONG. En esta ocasión, Amnistía Internacional. Espero que con el tiempo acabemos beneficiando a otras organizaciones, y con ello, contribuyendo a mejorar el mundo a través del mejor mecanismo existente: la iniciativa privada y voluntaria. Aunque soy uno de los autores del libro, han sido otros los que han trabajado intensivamente en el proyecto. Como estoy seguro de que olvidaré algún nombre, prefiero no citar a nadie; sin embargo, compañeros, vosotros sabéis que os doy las gracias de corazón. Es un placer ver algunos de mis cuentos más queridos en un volumen tan cuidado. Pero lo es, sobre todo, por compartirlo con un grupo de autores extraordinarios y por saber que el éxito del libro tendrá un significado auténtico y humano. Me gusta creer que alguien leerá los cuentos de este libro y sentirá que el conjunto, dispar e inverosímil, ha obrado un cambio en su manera de entender el mundo. Al fin y al cabo, el tema es el amor en cualquiera de sus variantes, que al parecer son infinitas. Imagino a esa persona regalando el libro a un amigo, y éste a otro, y aquél, a otro, y así hasta llegar a un hombre anónimo que, sin conocer al primero, lo tiene por un amigo sin rostro, en la distancia. En algún momento, ese libro llegará a mis manos y recordaré al lector inicial de la serie. Mi efímero destino para con el libro se habrá cumplido; no así el suyo, que seguirá el curso inextinguible de las palabras, de la voluntad, del sentimiento. |
 Hace ya unas semanas, Pedro M. Martínez me pidió que leyera unos cuantos relatos de su primer libro, Nunca llueve sobre el Sáhara y otros relatos, con la idea de escribir una reseña. Me negué a hacerlo porque prefería el libro completo, a lo que Pedro, siempre tan amable y educado, accedió sin problemas. Durante sus 137 páginas me ha sorprendido una prosa limpia y precisa, despojada de adornos innecesarios, de recarga inútil; una prosa que también es dura y seca, como los parajes y los personajes que componen el mosaico del libro. La dureza, la dificultad, lo árido, no está en la forma, sino en el fondo que subyace incluso por debajo de las tramas. Esto es, quizá, lo que me ha causado esa sensación de desconcierto general, inicialmente impulsada por el hecho de ignorar si estaba leyendo una crónica personal, una ficción que juega con tiempos dispares (es decir, con la memoria) o una recopilación de la más castiza tradición oral. Reconozco que es un aspecto que me importa poco, ya que en la literatura no busco la veracidad (algo, por otra parte, prácticamente imposible de lograr), sino el engaño creíble. En sus páginas perduran personajes sonámbulos, bien definidos pero fantasmales porque dejan, siempre, un rastro de nostalgia amarga. A esto me refiero. Es fácil perderse entre esas caras desconocidas, entre la ruína urbana, en los apartamentos ajenos con "un sinuoso y solitario número 2". Otro logro fundamental del autor es su hábil estimulación de los sentidos. Sus descripciones, sobrias pero eficaces, trasladan al lector a un mundo discontinuo que se destruye y regenera en cada relato. Se suele aceptar que el objeto de una descripción debe ser conocido por lector y escritor para que la comunicación funcione. Sin embargo, aun desconociendo algunas visiones levemente bosquejadas, olores apenas atisbados, es posible imaginarlos con fidelidad. El tema plantea un problema. Por una parte, no me atrevo a identificarlo con claridad, pues el libro parece haber sido concebido como una fugaz enumeración de particularidades. Por otra parte, creo que hay una idea vertebradora que atraviesa todos los relatos con más o menos visibilidad. Me refiero a la añoranza del pasado, pero no de una idealización, sino de pulsiones que, intactas o mutadas, a ratos calmadas, a ratos abruptas, parten de experiencias vividas. No obstante, hay un par de aspectos que no me han convencido. En primer lugar, el final de los cuentos me parece, por lo general, menos contundente que el desarrollo. Soy un lector de finales definidos, incluso cuando son abiertos. No me refiero a la trama, que puede ser todo lo difusa que se quiera, sino al lado estético que nos conduce al cierre. Entiendo que no es un fallo de ejecución, sino un efecto pretendido por el autor. Por otra parte, creo que la voz del autor está demasiado presente en algunos pasajes, lo cual aleja al lector del ambiente propuesto, sacándolo del relato. Claro que se trata de impresiones basadas en mis gustos particulares y probablemente no extrapolables a otro tipo de lectores. En conjunto, el libro es una pieza sumamente interesante porque partiendo de una realidad concreta, crea, en el lector joven, la sensación de estar contemplando la memoria de un mundo inventado pero perfectamente creíble. Otros lectores, cuya edad alcance dicha época, redactarán otras críticas más veraces y precisas. Pedro M. Martínez es director de la revista Almiar, de la que ya hablé hace tiempo. |
La ministra de Cultura quiere "proteger al libro y no tratarlo como una mercancía sometida a la ley de la oferta y la demanda". Para ello, prohibirá los descuentos a los libros. A lo mejor nos sorprende y se confiesa escritora, lo cual no le daría ningún derecho a tomar esa decisión, pero sí cierto peso moral en el debate. Porque suponiendo que la ministra escribiera libros, ¿qué derecho tendría a decidir sobre los libros de los demás? ¿No es más lógico que cada cual decida lo que vale su obra? Pero hay un par de cuestiones más graves. Una de ellas es que la ministra antepone la protección de los libros, que son objetos inertes, a la de las personas, a quienes juró servir. ¿Y qué servicio supone prohibir que haya competencia en el sector editorial? ¿Es el recorte de libertades un servicio moderno? ¿Tendremos que acostumbrarnos a que los políticos nos digan lo que tenemos que hacer? La otra cuestión es que no hay nada malo, sino todo lo contrario, en que un producto se convierta en mercancía. De hecho, yo estoy deseando que mis obras sigan ese destino. No lo hago aún porque, entre otras cuestiones, la normativa de propiedad intelectual es una porquería y no hay forma de registrar la autoría de manera ágil, eficaz y universal. Por supuesto, no me refiero a que la gente se pueda descargar mi obra gratis. De hecho, lo más probable es que ofreciera ejemplares digitales gratuítos, e impresos a un precio razonable. El problema es la autoría. ¿Cómo puedo demostrar que una obra es mía ante posibles plagios? El mercado ofrece grandes posibilidades, entre ellas el reclamo de los precios reducidos. Pero teniendo en cuenta que en España no tenemos libertad alguna en este sector, tendré que seguir soñando. |
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